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Moral y bipolaridad: una visión china

La Capacidad Exhaustiva (poder) de un estado viene determinada por la suma de tres capacidades: la militar, la económica y la cultural, cuyo efecto está multiplicado por una cuarta, la política. El Poder sería la aplicación coercitiva de estas capacidades y la Autoridad, su proyección y reconocimiento en un entorno interestatal o global. Desde la perspectiva del Realismo Moral, el respeto a unos principios morales comunes (tradicionalmente el cuidado frente al daño; justicia/engaño; lealtad/traición; autoridad/subversión; santidad/degradación) y el buen gobierno ejemplarizante en un sistema internacional, anárquico e inestable, producen Credibilidad Estratégica y derivan en un orden pacífico y más estable.

El Liderazgo Internacional resulta el elemento imprescindible para que esta compleja ecuación de la teoría política cuadre. Este es el planteamiento del profesor Yan Xuetong, decano del Instituto de Relaciones Internacionales de la prestigiosa universidad de Tsinghua en Bejing. Lo expone en su libro Leadership and the rise of Great Powers, (Princeton University Press, 2019), a la venta en España. Un análisis sólido, exponente además de la voluntad china de incrementar su influencia cultural (poder blando) en el entorno global. 

Según estas capacidades, el decano distingue cuatro categorías de estados: dominantes (Estados Unidos); emergentes (China); regionales (Rusia, Japón, Francia, UK, Brasil y Australia, además de los subregionales, India, Suráfrica, Arabia Saudí e Indonesia); y pequeños (el resto, cuya aspiración es sobrevivir en el sistema). De la aplicación de este criterio se conforman una serie de tendencias. La primera, que el centro del sistema internacional se ha trasladado de Europa hacia el Este de Asia en la etapa Post Guerra Fría (a pesar de que el sistema de Yalta no se ha modificado) como consecuencia del debilitamiento de Europa, del subsiguiente debilitamiento de Estados Unidos, motivado también por el descenso de su credibilidad estratégica durante la administración Trump, y por el ascenso de China a la categoría de poder emergente desde 2010 (segunda economía del mundo) y 2017, cuando su estrategia de crecimiento pacífico se ha transformado en otra de competición global y fortalecimiento de su credibilidad. 

La segunda, es que se prevé que la configuración internacional en la próxima década evolucionará desde la unipolaridad hacia la bipolaridad entre Estados Unidos y China, debido a la imposibilidad de que el primero ejerza el liderazgo global y de que el aumento de las capacidades del segundo, le muevan a asumir su papel de gran potencia emergente. Esa nueva configuración no generará necesariamente enfrentamientos militares entre las dos potencias, sino económicos, aunque la bipolaridad tampoco será capaz de evitar posibles conflictos en otras regiones, ni terminar con la inestabilidad mundial, que será creciente en un sistema fracturado ideológicamente y más proclive a la diplomacia bilateral que a la debilitada negociación multilateral. La tercera, tal inestabilidad podrá ser contrarrestada por la producción de normas internacionales (clima, control de armas, comercio…) asumibles por el resto de los países, por la credibilidad estratégica (no alineación china, por ejemplo) y por el liderazgo. 

Xuetong distingue cuatro tipos de liderazgos internacionales: el de autoridad humanista  fiable, consistente y basado en principios morales; el hegemónico (Estados Unidos), fiable pero basado en el “doble rasero” propio de la Guerra Fría y la Post Guerra Fría; el tiránico, consistente pero basado en el temor, lo cual en un sistema anárquico como el internacional, donde cada estado busca su propio interés, degenera en la multiplicación de conflictos; y la anemocracia (Trumpismo), inconsistente y sin criterio ni credibilidad, que provoca desorientación y caos. Para ejemplificar esta teoría, el profesor toma ejemplos tanto de la historia lejana de China como de la reciente contemporaneidad occidental. A partir de la equiparación de situaciones en ambos contextos, también encuentra caminos para la reflexión conjunta entre los pensadores liberales tradicionales (Hamilton y Paine), los realistas americanos (Morgenthau, Gilpin, Waltz) y la filosofía y la historia china (Confucio, Laosi, Xunzi, Mencio). Y a través suyo, para la creación teórica de un nuevo marco común de entendimiento: “la autoridad internacional no puede ser impuesta, tiene que ser aceptada, voluntariamente, por el resto de los actores” (Xunzi); “los principios universales no pueden ser exportados por el fuego y la espada, sino presentados al resto del mundo a través de ejemplos de éxito” (Paine). De esta manera, los valores del liberalismo (igualdad, democracia, libertad) podrían verse regenerados en un futuro liderazgo compartido, por algunos valores prevalentes de la cultura china (benevolencia, corrección, buenos hábitos).

La progresiva implantación de un liderazgo de autoridad humanista, o moral, en la configuración bipolar de la próxima década, que da por seguro el autor, cuenta además con diversos desafíos, provocados por acontecimientos recientes. El primero, muy notable, es la consolidación en los últimos años de liderazgos ultra personalistas y no sometidos a la concepción del liderazgo como un fruto del trabajo en equipo y organizacional dentro de los estados e instituciones. Los casos de Putin en Rusia, Erdogan en Turquía, Modi en la India o Shinzo Abe en Japón, es decir, en las potencias regionales cercanas y rivales de China, le sirven al profesor para ejemplificar los personalismos duros y agresivos, según él, que representan un tipo de liderazgo estatal, difícil para proyectar un nuevo marco internacional de cooperación y construcción de normas basadas en el acuerdo. Por ello, la perspectiva de inestabilidad global no solo no va a desaparecer, sino que se multiplicará. El segundo, consecuencia parcialmente de este hecho, es la polarización internacional ante la incapacidad del liberalismo dominante por universalizar sus principios en un entorno de creciente enfrentamiento ideológico regional y mundial: chiísmo -unismo en el Islam-; liberales -populistas anti-establishment en las democracias europeas y Estados Unidos; capitalismo -socialismo en América Latina-. El tercero, al que no hace referencia el autor porque el libro es anterior, es la pandemia de la COVID 19, que ha significado la aparición de dudas y alteraciones en el orden internacional, la economía, la credibilidad de las potencias y en las perspectivas de futuro.  

La sólida reflexión política del profesor Yan Xuetong ayuda a comprender una de las interpretaciones chinas, quizá la dominante en este momento, sobre el poder y el orden internacional. El propio Xuetong reconoce varias tendencias en el pensamiento chino actual: la marxista, la tradicionalista, la pragmática, la expansionista e incluso una corriente liberal. Pero como todo buen análisis teórico, tan complejo como lo es cualquiera en el área de las relaciones internacionales, adolece de alguna debilidad. Una, sobre el marco histórico político contemporáneo en el que se centra, el cual sitúa a Estados Unidos como potencia dominante desde la II GM y al liberalismo como fundamento teórico triunfante en la contemporaneidad, donde el papel de China ha sido poco relevante hasta el siglo XXI. 

El alejamiento estratégico chino de los órganos de decisión multilateral y global pueden debilitar ahora su visión y la propia capacidad política y cultural de la potencia. El autor omite esa debilidad. Y otra de carácter histórico político moderno que quizá determina la parcialidad del planteamiento: el sistema internacional de Westphalia (1684) se alcanzó porque previamente había sucedido la ruptura de la unidad del pensamiento religioso medieval, la construcción del humanismo renacentista cristiano y el descubrimiento del territorio atlántico y global.

Fenómenos que abrigaron el florecimiento de la Ilustración. El ascenso del liberalismo hacia la hegemonía y la autoridad moral no nace en el final de la Segund a Guerra Mundial, sino que se fortalece con esa victoria y con la de 1989, en ambos casos, frente a los totalitarismos. Su nacimiento tiene lugar con las velas y las luces que alumbran el sistema de Westfalia, el Congreso de Viena, Versalles y Yalta. Un proceso discontinuo y violento, pero también progresivo y benefactor.  

José Mª Peredo

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