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Ucrania, Rusia

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La historia nos puede ayudar a comprender el temor que pueden sentir los dirigentes rusos ante una situación de debilidad exterior y de crisis económica y social internas, si observamos los desmoronamientos del régimen zarista y el comunismo ante la presión de la revolución bolchevique y la perestroika, y que coincidieron con los conflictos de la Primera Guerra Mundial (1917) y del final de la Guerra Fría (1989).

Al menos en dos ocasiones más recientes, Vladimir Putin ha contrarrestado la debilidad interna de sus gobiernos con una acción de poder duro que proyectara una imagen de fortaleza dentro y fuera de Rusia. La campaña de Chechenia coincidiendo con su llegada al poder tras suceder al debilitado Boris Yeltsin, y la anexión de Crimea en plena recesión de los precios de la energía y ante los ojos entornados de la comunidad internacional.

Los éxitos de tales intervenciones han ocasionado reacciones favorables en la opinión pública rusa, orquestada por el guante de hierro y seda de la propaganda gubernamental rusa. Y lo que aún es más grave. Han generado diversas interpretaciones benevolentes entre algunos analistas internacionales partidarios del poder duro y, tristemente, también en algunos mercados. Pero la sociedad global en su conjunto no puede tolerar una estrategia que abusa del uso desequilibrado de la fuerza y que en el caso de Ucrania no responde a ninguna justificación admisible en ningún tratado o doctrina de seguridad.

La diplomacia europea y occidental debe de explicar y hacer comprender al gobierno ruso que su presencia en Ucrania no responde a ningún argumento de legítima defensa, ni está amparada por el derecho de intervención humanitaria, no aplicable en un estado democrático, ni previene la escalada de un conflicto regional, sino que más bien lo promueve.

La crisis ucraniana representa una oportunidad para convencer a la diplomacia rusa de que el respeto a los cauces de resolución pacífica de controversias es el camino aceptado para fortalecer la seguridad compartida. Y para transmitir el mensaje de que las ideas políticas y doctrinas occidentales no representan una amenaza del “status quo” ruso que en tiempos pasados permitió a una potencia deficitaria en niveles de desarrollo social y progreso democrático ejercer un liderazgo basado, en parte, en la disuasión o en el uso de la fuerza.

José María Peredo Pombo
Catedrático de Comunicación y Política Internacional
Universidad Europea de Madrid.

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